Minucias cotidianas que (nos) importan

Dosis #15: Refugios

En los últimos años, muchas nos hemos agarrado de hobbies, hábitos o encontrado nuevos refugios para canalizar el oleaje de emociones y ajustes constantes e importantes que se desataron desde la pandemia y que han hecho de esta etapa de la adultez una quizá más ardua de lo que pudimos pensar.

Algunas bordan (como @carolabola), otras dibujan e ilustran (@cletyramirezg), hacen esculturas con cartón (@machequina2.0), hay quienes escriben, nadan… En la edición anterior (de la que ya pasaron meses porque ooootra vez nos arrastró la vida), Pitirijaz nos contó cómo se volvió gamer a sus 44. Ahora, es mi turno para contar por qué luego parece que me la vivo en el bosque. Muy oportuno en este Día Mundial de la salud mental.

-Mon

La necesidad de caminar mucho

¿Ubican ese meme de «Todos tenemos una amiga que dice: No está lejos, vamos caminando» aunque sí está lejos? Pues soy esa amiga. Puedo caminar durante horas sin aburrirme y no diría que sin cansarme, pero igual sigo, sigo. Caminar me da la posibilidad de observar el entorno y habitar mi cabeza, y eso me «centra».

En mi prepa fresa me veían medio feo por irme caminando a casa, que estaba a unos 20-30 minutos a pie. Aunque durante muchos años me moví principalmente en auto por vivir lejísimos de todo y tener unos horarios escolares y de trabajo extremos, en cuanto me fue posible, decidí hacerlo principalmente en bicicleta y a pie (complementando con transporte público a horas no tan pico).

Cuando viajo a otra ciudad, siempre quiero recorrer lo más posible a pie. Puedo pasar el día entero andando, claro, con obligadas paradas a comer, a chacharear y a tomar un café o una cerveza. No trazo rutas con alto nivel de precisión; más bien determino zonas y algunos puntos de interés y ya ahí dejo que opere mi «brújula personal».

En muy distintos viajes, también me he anotado en hikes organizados (Camino Copalita, mailob) o seguido rutas ya trazadas (en algún cerro de Alaska, por ejemplo).

De tanto que también me gusta andar en bici, durante un tiempo hice varios recorridos madrugadores por la ciudad, tratando de llegar a puntos más lejanos. Luego pensé en poder llegar a sitios donde quizá resultaba mejor idea ir en grupo. Fui a rodadas de distintos tipos, pero la competencia que hay por el equipo que tienes (la bici, el casco, la ropa, los zapatos, cuánto entrenas, tus tiempos, etc.) no es lo mío. Nunca me he sentido a gusto en ambientes en los que constantemente hay que estarse «midiendo», fuera de que para mi mente a veces tan monofocal, subirme a ese tren (sí lo he hecho), resulta muy tóxico.

Y si algo he aprendido es que la actividad física a la cual hay que aferrarse es aquella que te hace sentir gozosa en tu propio cuerpo, por su capacidad y a dónde puede llevarte (ir a un mejor ritmo, más rápido o con mejor condición es parte del proceso nada más). Amo moverme en bici, pero hacerlo en grupo para poder ir más lejos no cubría ese punto clave para mí.

Hace dos años, después de la tristeza inmensa que trajo la muerte de Taco, el perrito que me acompañó a lo largo de casi ¡18 años!, llegó a mis días una pastora pelirroja. Honestamente, aunque creí que sabía en lo que me estaba metiendo, no lo sabía. Los genes pastores son una verdadera revolución y salvo que estés dispuesta a ir más allá de lo que tenías pensado, no recomiendo hacerse de unx. Tampoco son para una persona poco activa. Pero eso es otro post.

El caso es que buscando cómo encauzar su energía, que de algún modo equipara a la mía, encontré a Tótems: una iniciativa que, entre otras experiencias, organiza hikes a los que puedes llevar a tu perro en muy distintas localidades cercanas a la CDMX. ¡Bingo!, me dije. «Ella va a poder correr y yo podré caminar, caminar».

Llegué pensando que quizá no cumpliríamos con los estándares de comportamiento perruno y chance nos corrían a la mitad del hike, pero unos meses después nos estábamos integrando como parte de su staff. Un año y medio después (maso), seguimos persiguiendo amaneceres con ellxs. ❤

Ir regularmente al bosque me ha salvado en muchos sentidos: de la ansiedad tan intensa que he enfrentado en los últimos años; del loop de agobio en el que a veces entro porque nunca acabo todos los pendientes que tengo o las cosas no me salen como mi mente perfeccionista cree que necesitan salir.

Los árboles, los sonidos, el camino, la cara de goce máximo de mi perri, estar con cada partícula ahí, me resetea.

El bosque también me ha mostrado muchas cosas sobre mí misma, incluida una versión goofy que andaba muy amordazada. Me he podido reír de mis propias caídas, me he echado clavados desde alturas que sola ni se me hubieran ocurrido, he hecho sandboarding, lidiado con mi incomodidad de mojarme, aprendido a confiar en mi perra y su nivel de exploración, hemos ido de camping y arrastrado una que otra vez a la chamaquilla a caminar más de lo que ella también ha pensado que puede. Aunque aún no he encontrado la iluminación. 😛

Quien me conozca realmente diría: «pero si a ti no te gustan los grupos numerosos». Es cierto. Pero he ahí la magia de esta ‘secta’: el bosque lo cambia todo; será porque el baño de verde relaja (busquen el término green bath), porque auditivamente no me saturo de la misma manera que en espacios cerrados… Pero también porque el núcleo de personas con el que vamos me hace reír a partir de lo más simple, disfruta la comida como yo y abraza nuestras peculiaridades sin más.

El bosque, sin duda, me ha salvado y ha sido indispensable para mi salud mental.

A ustedes, ¿qué les ha salvado en estos tiempos?


Descubre más desde Entre señoras

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario