Minucias cotidianas que (nos) importan

Dosis #8: ¿Se nace o se hace señora de las plantas?

Pareciera que si algo nos dio la pandemia fue tiempo extrapara hacer cosas que quizá antes no hacíamos o no tanto.

Hay quien lo usó para hornear y hasta hacer masa madre, quien aprendió o retomó la tejedera, quien leyó, hizo yoga o ejercicio como nunca, quien adoptó un perro o gato porque ahora sí estaba en casa… Y también, cómo no, quienes acrecentaron o descubrieron subuena mano para las plantas.

No es el caso de Pitirijaz, porque “las gatas acaban con todo”, ni el de la que suscribe el siguiente texto, lamentamos decirles

Cuando no heredaste ‘la buena mano’

En mi familia, quien siempre ha tenido buena mano para las plantas es mi papá: el sí es el Señor de las plantas, así, con mayúscula. Desde que recuerdo, las atiende con devoción y regularidad casi religiosas (típicas de un Virgo, si echamos mano de los arquetipos astrológicos).

Sabe cuándo podarlas, cuándo cambiarlas de maceta, de dónde cortarlas para sacarles retoños, si necesitan abono, mezcla de tierra y hojas, cuándo y a dónde moverlas según la estación, qué ventana o espacio le va mejor a cada una… No sé si les platique: nunca lo he cachado hablándoles en voz alta, pero estoy convencida de que algo peculiar les transmite; es de los que logra que floreen los cactus más extraños un par de veces al año y ha convertido arbolitos de limón o durazno en bonsáis (el día que un labrador que tuvimos se comió uno fue tragedia épica).

A mí las plantas nunca me interesaron (ni las cuidé) hasta que viví por mi cuenta. Acostumbrada a vivir rodeada de verdes colgantes por aquí y por allá, me pareció que “algo” le faltaba al nuevo lugar en el que vivía y se me hizo fácil adquirir uno que otro cactus y algunas suculentas, “para empezar”. ¿Qué tan difícil puede ser cuidarlas?, pensé. “Lo he de traer en la sangre” (inserten aquí emoji torciendo los ojos).

Cuando realmente les ponía atención era cuando ya estaban pachiches: sea porque me había faltado echarles agua en no sé cuánto tiempo o porque se me había pasado la mano tratando de compensar la falta de agua. Toooing. Trataba de apaciguar la sensación de estar en falta diciéndome: “Ya aprenderé a medirle. Echando a perder se aprende, ¿no?”.

En algún momento me mudé a un departamento donde daba la luz directa del sol en la ventana de la sala y el panorama mejoró. Logré tener toda una hilera de plantas pequeñas y contentas, o al menos vivas. Me animé a hacerme de un par de orquídeas.

Después me fui un tiempo de viaje (como se habla de ello en este episodio de YSS) y al regresar me cambié, con todo y plantas bien cuidadas por mi familia, a otro que tenía una estancia con techo de cristal, cuyo efecto invernadero ‘mágicamente’ hizo que esa pequeña colonia se esponjara como nunca.

Envalentonada, me hice de más plantas. Durante el tiempo que viví ahí, ninguna se dio de baja del inventario. Se logró, pensé. Después de todo, “no era tan difícil”. Hasta llegué a pensar que igual sí tenía buena mano. Ilusa.

A la mudanza siguiente me di cuenta de que el logro no había sido mío: aunque en mi ubicación actual hay mucha luz, el sol no da directo en ninguna ventana y todas mis plantas, incluidas las orquídeas que floreaban dos veces al año (y por las que ya me las daba de experta), fueron secándose una tras otra, hasta que solo quedó un cactus, el único que sigue en pie después de tantos años y fracasos plantísticos.

Ahora tengo claro que otro factor clave fue que quien entonces trabajaba en la limpieza doméstica solía cubrirme las espaldas cada que se me barría echarles agua (prácticamente siempre) y sí tenía buena mano.

Ahora también veo que la idea de tener plantas frondosas era más una aspiración señorial que me eché encima por haber crecido entre ellas, por no acomodarme del todo ante la idea de una casa sin plantas y todo lo que estas pueden representar y por la ‘facilidad’ con que se le dan a mi papá (aunque igual he tomado conciencia de cuánta atención y cuidados les dedica).

Yo, simplemente, ni heredé su buena mano (toda planta que he trasplantado se ha secado, sin importar que le haya hablado o suplicado) y sobre todo, prefiero hacer muchas otras cosas antes que dedicarme a la conservación de una selva casera, por más que me gusten las fotos de casas donde las plantas son protagonistas, se haya vuelto tendencia tener un huerto casero o tenerlas limpie el ambiente o regule la humedad (esto último tuve que guglearlo, lo confieso).

Quizá parece que lo estoy contando muy quitada de la pena, pero esto es algo que pude verbalizar y aceptar del todo hasta hace poco. Por mucho tiempo, una parte de mí sintió culpa por ser mala cuidando plantas; que quizá no le echaba suficientes ganas o era que tenía “malas vibras”, pero cuando me percaté que ni el tiempo extra dado por la pandemia ni las macetas tan chulas que hay ahora me inspiraban ni un poquito a tener plantas, me dije: Basta. Las plantas NO son lo tuyo y ESTÁ BIEN. Está bien no saber, ni querer, ni hacerlo todo bien en cuestiones “caseras”.

Así que finalmente he hecho las paces con que el cactus y las dos enredaderas que también quedan en mi casa sobreviven a pesar de mi religiosidad irregularidad para regarlas y gracias a que el señor con el que vivo les echa más agua que yo. Y el otro día que mi mamá me andaba regalando una violeta, pude decirle sin sentirme una bestia: “no, gracias, esas también se me apachichan, por más que no las ponga directo al sol y no les moje las hojas al regalarlas”.

-Mon Margo

Pd. Un libro que me hizo pensar en el papel que juegan las plantas en el hogar infantil fue Los abismos, de la colombiana Pilar Quintana. Es de esos que puedes leer en un par de sentadas.

Y ustedes, ¿sí son señoras de las plantas, masomenitos o nada de nada? Echenos sus anécdotas, experiencias, tips.

Una de las plantas que sobreviven mi irregularidad cuidadora

<En nuestra siguiente edición>

Puede que sigamos hablando de plantas, aunque ahora desde la perspectiva de quien sí es una señora de las plantas. Pero decimos puede, porque nos rondan otros varios temas en la cabeza.


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