La semana pasada anunciamos que en esta entrega se hablaría del furor por el entretenimiento proveniente de Corea (series, libros, etc), pero como buenas señoras, se nos cruzó otro temita sabrosón antes y decidimos abordarlo para que no se nos fuera el hilo: cuando a una se le ocurre ir a probar eso de lo que hablan “lxs chavxs” con un entusiasmo que de fuera puede parecer hasta sectario (pero que aceptémoslo, suele encontrarse en montones de campos: actividades físicas, uso de ciertos productos, electrodomésticos, actividades de entretenimiento, etc). Qué tal que sí es algo que no deberíamos de estarnos perdiendo.
Señoras que se meten a sectas de ‘millenials’
uienes nos siguen en redes sociales saben que la ciclista de este dúo es por excelencia Mon Margo y que Pitirijaz… Pues le echa ganas, se suma a una de sus locas, locas rodadas por las colinas de Chapultepec, aunque se casi desmaye y eche el pulmón en Parque Lira.
¡Ah! Pero si le suman música a todo volumen y le reducen el riesgo (miedo) de atropellamiento, lo da todo.
Fue entonces que la que suscribe (Pitirijaz -quien aquí dejará de escribir en tercera persona como psicótica-) decidió intentar una clase de indoor cycling o spinning, como le decían en mis tiempos.
Luego de leer y escuchar a muchos veinteañeros/treintañeros afirmar que la clase de Siclo era lo mejor que les había pasado en la vida, decidí intentarlo. Encontré un estudio, que no es el de la marca famosa sino una franquicia llegada de Mérida, Yucatán (Rodé), y reservé mi primera clase.
Desde que llegué, ya iba medio agitada porque tuve que caminar/correr para llegar a tiempo. Te piden que llegues 15 minutos antes de la clase para que te expliquen toda la dinámica. Bueno, ¿qué tal solo cinco antes y colorada?
Me dieron mis tenis, de esos que traen clip para atorarse en el pedal de la bici y que jamás había usado y que me sacaron más de onda que los tacones Louboutin que alguna vez usé y me llevaron -corriendo- a mi bici reservada. Me sentía como caminando en patines, bien raro.
Al subirme, recordé aquella vez que intenté montar un caballo (de equitación, no de esos de La Marquesa de a 100 la vuelta) y que mi pierni-corta no logró cruzar el lomo del animal. Algo así sentí con esta bici, aunque ya la habían ajustado al tamaño más petite.
Cuando por fin logré atorar mis tenis al pedal, me recordaron que además iba a necesitar mancuernas. Ustedes, ¿qué dijeron: aquí nomás te haces taruga pseudo pedaleando? No, mamacitas. Aquí además, pedaleas un par de canciones moviendo los brazos con las mancuernas en la mano.
-¿Cuál pesa menos?- pregunté de inmediato.
-Las grises.
-Esas quiero.
La chica que me ayudó a ajustar la bici le avisó a la maestra coach que era mi primera clase. Ella muy amablemente se acercó y en aproximadamente cinco segundos y medio me explicó las posiciones, las resistencias y las velocidades. Admito que los cinco segundos fueron mi culpa porque si hubiera llegado los 15 minutos antes, como se me indicó, chance hasta tiempo de ensayar hubiera tenido.
“Primera cerrada, segunda siempre abierta, tercera abierta o cerrada… Plano, subida, colina…” Algo así se llamaba lo que me tenía que aprender.
Empieza la primera canción, en la que había que pedalear en esa velocidad que le llamo: se acaba de poner el semáforo amarillo mientras cruzas Chapultepec, ¡pícale! Y no solo había que levantarse del asiento, además, levantar los brazos y cruzarlos en el aire.
Debo ser sincera, me cuestioné si mi cirugía del tabique desviado sería reversible.
Poco a poco fui perdiendo el miedo a soltar el manubrio y entonces, como la señora que soy, me cuestioné si eso que sonaba era música “o era puro ruidoooo”.
Intenté darlo todo en cada canción y no reírme en el momento del “mind setting” o como mi ser cínico le llama: motivación barata. Aunque la verdad, sí está padre que en el momento en el que sientes que tus piernas son de gelatina, te recuerden que tu mente es más poderosa y que puedes levantarte una vez más del asiento y girar la palanca de resistencia cinco vueltas o…¿qué tal tres?
No me voy a hacer aquí la de: “o sea, sí le sudé pero me bajé como si nada”. No. La verdad sí sufrí, sí me cuestioné mi madurez y mi necesidad de pertenecer y saber de qué está hablando la gente. Pero al salir, se había logrado el objetivo: desconectar, sudar y rodar sin preocuparme por el peatón o conductor cruzando o dando giros inesperados. Si le sigo, chance ya le pueda alcanzar el paso a Mon-Tour de France-Margo.
Y pues cada quien sus sectas. Aquí no se trata de convertir a nadie sino de seguir probando, intentando e inventando porque una será señora pero no rancia (aunque no pueda bajar escaleras al día siguiente).
-Pitirijaz
Ustedes, ¿se han dejado llevar por el entusiasmo arrollador hacia alguna actividad física o de otro tipo? ¿Cómo les ha ido?
A propósito de lo escrito por Pitirijaz, esta viñeta de Nina Cosford viene muy al caso.

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