El jueves pasado escribíamos sobre abrazar a las canas y dejarlas vivir a su antojo en nuestras melenas, pero ni aunque le hubiéramos puesto “felices para siempre” con caligrafía de cuento la cosa queda del todo ahí. Así que aquí vamos de nuevo gracias a sus mails, mensajes y notas de voz…
Para algunas, dejarse las canas es romper con una esclavitud; para otras, teñirlas es una manifestación de autoapapacho. ¿Estamos locas? Eso dicen siempre.
Lo curioso es que sin importar el lado del que estemos más cerca, muchas hemos escuchado a esa viciciti ciziñisi que nos susurra ideas del tipo “¿me veré más vieja?”, “¿se me verá bien este color?” y un largo etcétera. Dudamos de nosotras, de nuestra decisión, de la valía de cambiar de opinión, de dejarnos llevar por un gusto, vamos y venimos entre por qué si dejarlas o por qué teñirlas.
Están quienes tienen sus buenos mechones y cada que los ven al espejo dicen “pinches canas”, pero no porque los detesten a ellos en sí, sino por cuestiones a las que dan pie:
“Me gusta pintarme el pelo, pero odio ir al salón. Y al mismo tiempo, no pintármelas es un acto de rebeldía hacia mi familia, en plan ‘esta soy yo, acéptenme como tal’, porque es la que más me chinga diciéndome que me las pinte por mi esposo y por mi hijo. Pero aún no me decido y eso me entristece”.
Están quienes se las dejan o se las pintan según los dictados de su tiempo libre porque señoras del siglo XXI:
“A veces las tapo, a veces me vale, pero es verdad que en la pandemia se reprodujeron como Gremlins. Depende de si me da tiempo de pasar adonde lo compro (el tinte); a veces tardo dos meses o más para pasar por ahí, aunque me queda a media cuadra”.
Están quienes han ido y venido entre dejárselas una temporada, rumiar las implicaciones y volver a teñirlas:
“Estuve con canas la mayor parte del año pasado: lo hice por la comodidad de dejar de pintarlas, pero también es una posición ante la presión social por cierto tipo de belleza y juventud. Es liberador, pero siempre está la duda de si una se ve mayor y la gente tiene sus opiniones. Luego me dieron ganas de volver a probar un color y me cambié a uno que no es el mío, para jugar”.
Están quienes se lo pensaron mucho durante la pandemia y encontraron que teñírselas tenía un peso emocional:
“Para mí tiene mucho simbolismo: asocio el pintármelas con una especie de lucha por la vida. Asociaba el dejarme las canas con los últimos años de mi mamá, que murió más o menos cuando tenía mi edad, y con cierta tristeza”.
¿Podríamos decir que las razones para una u otra cosa carecen de sentido? ¿O más bien cabe preguntarnos por qué hacia donde sea que jalemos suele haber cierta agriedad? ¿Por qué en la práctica parece que cualquier decisión tiene alguna implicación que no nos deja del todo en paz?
La autora británica Caitlin Moran lo pone así en su puntilloso libro Más que una mujer(pueden encontrarlo en Bookmate o en inglés porque aún no llega impreso a México):
“Personalmente, estoy impaciente por tener muchas canas y poder teñirme todo el pelo de blanco. Me gustaría fingir que lo pienso porque soy tan feminista y altanera que puedo pasar de teñirme el pelo, pero en realidad es porque el pelo blanco le quedará muy bien a mi tono de piel. En lo relativo a la política del encanecimiento y los tintes de cabello, este es, realmente, el único criterio válido para tomar una decisión”.
Eso: el único criterio válido para tomar una decisión es el nuestro. ¿Qué nos hace sentir mejor o más cómodas en el momento en el que estamos? Porque todas muy señoras, pero no es lo mismo tener 30 años que 40 o 50, aunque atravesemos vivencias similares y nos hagan ojitos los mismos electrodomésticos.
La pandemia ya nos gritó a los cuatro vientos que vivimos en una época de ciencia ficción. Quizá no haya mejor queue posible para liberarnos del sentirnos en falta y experimentar con un burgundy encendido, unos mechonazos plateados y de vuelta al tono inicial, una cosa después de la otra. De algo tiene que servirnos que haya tantas opciones.
A tomar por culo (sí, escribí culo) aquello de que la edad necesariamente significa tener todo resuelto y definido y estructurado y comportarse. Bah.
Sin contar con que el mundo se acabe, ¿qué es lo peor que puede pasar? Ya dicen que nadie nos entiende, así que com-per: apropiémonos de eso también y hagamos lo que se nos dé la gana. Total. Quedamos que esto de la señoritud se trata de irnos arrellanando en nuestro sillón cada vez más a gusto, ¿que no?
-Mon
Esta viñeta de @cecile.dormeau deja claro lo que toca…

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