Parece que fue ayer cuando algunas (o muchas) de nosotras teníamos como planazo de fin de semana echarnos un festival de música enterito y hasta lográbamos presentarnos (no tan raspadas ni despeinadas) de vuelta a la vida regular en lunes… Algo que quizá a estas alturas del partido ya ni se nos antoja ni se nos da.
En esta entrega, Pitirijaz nos cuenta cómo ha ido cambiando su festivalismo con los años. Ya nos dirán ustedes si se identifican, cuáles tienen un lugar sagrado en su corazón o si aún se lanzan con o sin temor de las consecuencias.
Festivales de ayer y de hoy
Aún recuerdo la primera vez que pisé el pasto de Coachella como si hubiera sido… No ayer, pero sí hace unos meses. Fue hace 15 años.
Ese sentimiento de: todos estamos aqui por la misma razón (música), me inundó de emoción. Por escuchar en vivo a nuestras bandas y esas canciones que nos hacen latir el corazoncito; escucharlas con todas sus capas musicales, con todos los instrumentos que a veces en la grabación pasan desapercibidos, viendo el esfuerzo que hace el cantante o lo fácil que parece salirle la voz.
Esa primera vez fue en 2007 y una de las headliners era Björk. A mis entonces 27 años jamás había visto un espectáculo así. Me voló la cabeza, como dicen los chavos. Me impresionó el nivel de creatividad, de convertir cada recurso en una oportunidad para contar una historia, para crear emociones. Wow.
En ese tiempo, el celular no contaba los pasos, pero estoy segura de que Mon y yo caminamos más de 20 mil en un día. Yo con las peores chanclas de persona que no sabe a lo que va.
Después de esa primera vez en Coachella, me enamoré de ese festival, pero también de los festivales y la música en vivo en general. Pasé mis siguientes años persiguiendo festivales: varios Corona Capital, Vive Latinos, MX Beat y hasta uno en Santa Fe que se llamó Manifest, cuando las bajas temperaturas de los cerros de Cuajimalpa no me sonaron como mala idea.
Sí, era cansado, pero era sobre todo satisfactorio. Ver tantos y tan diferentes actos me inyectaba la cabeza de inspiración y creatividad.
Avance rápido a mayo de 2022. Dejé de ir a Coachella en 2019, cuando Ariana Grande fue anunciada como cabeza de cartel. Ya llevaba al menos un par de años sintiendo algo que nunca había sentido en ese festival: que estaba fuera de lugar. Y cuando Ariana y el grupo de pop coreano que me gustaba (Blackpink) era de lo más esperado, supe que ya no era para mí.
Conforme la vida adulta avanza, muchas cosas cambian. Los compromisos financieros aumentan así que destinar tu presupuesto entero de diversión a conciertos te deja muy limitadas otras áreas de tu vida. Eso además de que, recuperarse de un fin de semana de festival cuesta el doble o triple de tiempo y energía.
Al principio era capaz de regresar de Coachella en lunes y presentarme a trabajar tan fresca el martes. Luego, empecé a sumar un día más a mi solicitud de vacaciones. Hasta que un día dije: ¿qué tal dos? Uno para que me dejen de punzar los pies y otro para recuperar las horas de sueño perdidas. Y eso que no bebo alcohol en festivales. El factor cruda ya es un no rotundo a estas alturas.
Me costó entender todo ese concepto de irse casi disfrazada o en personaje a los festivales y volverlos tu photo opportunity por excelencia o de conocer muy poco de la música que se está presentando y mejor ponerte a platicar.
Este año, vi la transmisión de Coachella en YouTube. Una nueva tradición a la que le estoy llamado Couchella (esta viñeta).
Y me deprimió ver la cantidad de presentaciones que consistían en poner una base de ritmos (adiós a las épocas de bandas en vivo) y a chicas meneando el trasero. Fui esa viejecilla gritándole a la tele: ¡Ya-po-nen-pu-ros-dis-cos! En mis tiempos, las bandas dejaban la vida en esas presentaciones. O sea, me tocó el Coachella donde Madonna estuvo ¡en una carpa! Porque su música pop no la colocaba como una headliner.
Y ahora, no nada más las estrellas pop estelarizan el cartel, sino que además los festivales se han vuelto una colección de escenarios para tomarse fotos y un pastiche de marcas patrocinadoras. Ya no son lo mío.
También creo que cuantas más cosas vas viendo, más se reduce la posibilidad de que te asombren, pero mi eterno lado optimista confía en que aún quedan cosas por ver y regresaré a otro festival en Los Ángeles este año: el Primavera Sound. A ver qué tal se pone.
-Pitirijaz

<En nuestra próxima edición>
Hablaremos sobre la membresía en el infame pero concurrido club del mal dormir.
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