Cuando recién entré en los 30, que me llamaran señora me generaba cierto cosquilleo de incomodidad, en ese no lugar donde cosquillea asumir que cada vez eres menos una chiquilla.
Con los años dejó de suceder: el cosquilleo, no que me llamaran señora. Eso se hizo cada vez más común, sobre todo después de tener una hija. Ahora, pasada la barrera de los 40, sin empacho puedo decir que soy un cliché de señora en varios aspectos: no voy al día en cuestiones de tecnología, de música o hasta de modas, me olvido de las palabras y los nombres o los confundo, regreso del súper diciendo qué-barbaridad-todo-está-carísimo (como la mamá de Mafalda), tuerzo los ojos cuando los vecinos jóvenes del edificio se pegan al karaoke, uso la palabra jóvenes, me molesta si mueven el orden en los pasillos del súper, tengo mis marchantes favoritos en el mercado y prefiero escuchar mi música de antes.
Más allá de esto, asumirme como señora ha tenido un efecto que no vi venir: me ha permitido hacer las paces conmigo misma en aspectos que consideraba alucinantes en mis años (más) mozos. Además de reírme de mis achaques, mis ideas fijas o manías y hasta de los clichés en los que caigo, he llegado a un lugar en el que me siento a gusto con todo eso que me ha traído la edad, aunque no entre en la categoría cool o no esté en onda, tenga o no que ver con asuntos caseros. No me da oso decir mi edad, no me ofendo si alguien me habla de Usted y tampoco me da pena aceptar que a estas alturas de la vida me hago bolas tratando de distinguir entre el cilantro y el perejil o que me encanta echar el chal sobre ciertos asuntos, muchas veces nada trascendentales. Aunque sí me da mucha paz no hacer muchas cosas nomás por convivir y hacer más de lo que me gusta.
La señoritud no me incapacita para ser creativa, no cancela mi persona por no estar en onda ni tener los mismos puntos de vista que alguien con muchos menos años (aunque tampoco me da la razón en automático). Para mí, ser señora en esta época es más una actitud o un estado mental, en el que tu personalidad encuentra ese sillón en el que se siente cómoda y no le da pena aceptarlo. Comper.
Es desde ahí que quiero escribir sobre muchos temas señoriales. ¿Se arriman su sillón para que los compartamos?
Mon
<Nos han contado>

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